
Ocurre algunas veces que de pronto
sin motivo aparente,
nos llega la tristeza y nos invade...
quizá por esas penas atrasadas
que casi siempre todos
tenemos escondidas en un rincón del alma,
por ese ser querido al que extrañamos
y que nunca responde a nuestras cartas
o porque nos sentimos impotentes
para dar el amor que otros esperan
recibir de nosotros, o por nada
de lo que percibimos claramente,
por algo que en el fondo
sentimos que nos falta...
y hay que hacer la proeza cotidiana
de acometer una nueva jornada
y el cuerpo se resiste
a abandonar la cama.
En esos casos, la única manera
de librarse del peso de la pena
es hacer un esfuerzo sobrehumano
para ponerse en marcha
y pensar que en la vida cada día
puede traer una nueva esperanza.
V. K.
Publicado por primera vez en Crónica del Viento el 21 de junio de 2007











