No la tarde encendida.
Ni la nieve en los ojos apagados,
ni la simiente en la maceta triste del balcón cerrado.

El alba tampoco es gran cosa.

Queda al final sola la noche.

Nadie defiende a la noche
porque es oscuridad, tiniebla misma
entre el acorde cobarde de la esquina
y el punzón sangrante de la farola.

Qué frágil la eternidad del día a día.

Alguien grita desde el ascensor parado,
el negro olor a manzanas podridas
por ciertos callejones
y el hueco de unos pasos que corren
entre el charco plagado de sangre y la navaja.

No es eso la noche, no.
Es más:
Luna, estrellas, besos y sexo,
caricias que nunca desean desperdiciarse,
risas sin prisa, acordes de neón,
suspiros acompasados.

La vida sin ir más lejos,
también la vida.

Carlos Gargallo (c)
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