El viaje (ll)

...Y entonces pensé que no me atrevería a ser tan audaz, no me acostaría con el tío de mi amiga porque eso estaba MAL, así que lo miré a los ojos y:
-No puedo quedarme, lo siento, todos se darían cuenta y sería muy embarazoso para los dos, pero todavía tenemos veinte largos días por delante y nos alojamos en tu casa, habrá tiempo para conocernos si lo deseamos, de todas formas gracias por la invitación, me ha encantado- dije, acercándome seductora a su oído. Me miró con la decepción pintada en la cara y dándome un toque en la nariz con un dedo dijo:

-Anda, ve y diviértete.

Me fui preguntándome por qué debía comportarme, me fastidiaba tener que renunciar a momentos que prometían ser interesantes, o al menos intensos, pero en fin, la razón me decía que debía ser prudente.
Los días que pasamos en San Francisco fueron divertidos e interesantes, recorrimos bastante la ciudad, nos levantábamos temprano y partíamos en el coche con P. (el dueño de casa ) mi amiga, su madre, yo, y a veces se sumaba su hijo. Visitamos el Goden Gate, Sausalito, el barrio chino, Alcatraz, y muchos lugares más, es una ciudad increíble, con sus cuestas y sus elegantes calles.Por la noche, cuando llegábamos a casa, P. nos invitaba a compartir su enorme yacuzzi ubicado en la terraza, desde allí se podían observar todas las luces de la ciudad, y atención al detalle, la consigna era beber una copa de champagne entre burbujas, joder, era un hombre encantador y muy especial, cada día me gustaba más. Su amabilidad, su sensibilidad, su conversación. Cuando salíamos de excursión nos las arreglábamos para ir andando algo apartados de los demás y así podíamos hablar a gusto de nuestras cosas.
Aquella noche todos nos encontrábamos particularmente cansados, las burbujas del yacuzzi y el champagne nos adormecieron un poco, mi amiga y su madre no tardaron en disculparse y se retiraron a dormir, intenté hacer lo mismo pero me apetecía quedarme un poco más, me sentía rara, cansada pero a gusto. No pude evitarlo, cuando nos quedamos a solas un manto de energía eléctrica cayó sobre nosotros, no hubo palabras, ni miradas, ni tiempo. Sólo bastó un segundo, el que me llevó quitarme el bikini y abrir los brazos, a partir de ahí las cosas rodaron solas y me dejé llevar, feliz. Brazos y piernas entrelazados en el agua y luego fuera de ella, en cada rincón de aquella terraza, besos y abrazos prohibidos, puro deseo. Una noche solo nuestra, oculta, y de la que nadie, nunca, supo nada. Lo que ocurrió después fue algo totalmente inesperado...-
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